lunes, 8 de junio de 2009

ACTA de la 9ª REUNIÓN /TRIBUTO A ANTONIO PEREIRA

[Retrato de Antonio Pereira, por la profesora Encarnación Campesino,
del IES Juan del Enzina, León]


SESIÓN NOVENA

TRIBUTO A ANTONIO PEREIRA

Martes, 12 de mayo

Comenzamos la sesión como menos suponíamos cuando la inventamos, hace unas cuantas semanas: sin la presencia del propio Pereira que “por problemas de agenda”, como dijo alguien con socarronería prestada del maestro berciano, no pudo asistir. Tampoco asistieron Albina, Ana, Carlos Matilla, Cholo, Eduardo, Gloria, Isabel, Loli, Lourdes, María José, Nemesio, Ricardo y Yolanda. ¿Deserción en masa? ¿Pánico desmesurado ante la gripe porcina? ¿Reclamo atávico del sol y su tirón primaveral? ¡Y quién lo sabe…!
En el “Haber”, hay que reseñar una novedad: la incorporación de Isabel Martínez. Bienvenida, Isabel.
En lo tocante a la intendencia, es de resaltar la calidad de unas pastas de nata hechas por Marian (“a pistola”, precisó ella, y la cosa nos dejó todavía más descompuestos. “Cocinar a pistola”… nunca se nos había ocurrido) y unas rosquillas –también raciales- que Emma puso a ojos vista del personal. Tanta masa suculenta nos comprometía a no pronunciar apenas la letra “f” so pena de sulfatar al compañero /-a de al lado. Y así comenzó todo...

Se pidió a voleo una semblanza inicial de Pereira. Antonio Toribios –haciendo honor al apellido- tomó al toro por los cuernos y se refirió a la encantadora manera de ser del narrador: cercano, ocurrente, capaz de hacer chascarrillo de cualquier cosa... tal como sucede con sus narraciones, donde el argumento se adelgaza en favor de otra cosa que acaba dominando lo relatado. Todo lo ilustra Antonio Toribios recordando una narración –la del examen de reválida, en Cuentos de la Cábila- donde parece que sucede eso mismo: el alevín de escritor termina por irse por las ramas y no obedecer la petición d euna redacción sobre la catedral. Bien traído a cuento, querido Antonio!
En definitiva –prosigue Toribios- “mantiene siempre un aire de principiante, asombrado de mirar lo que ve; eso es lo importante por encima de saber si dice la verdad o si lo inventa todo”. Toma la palabra Bernardino, que recuerda la ocasión en que se le llevó a su instituto (“Padre Isla”); lo describe como una experiencia deliciosa. Cautivó con su lectura, su manera de afrontar el coloquio... Hechizo general entre el alumnado, entregado a la liturgia grave de esa manera de leer… Al final, Bernardino comenta que el escritor les llamó aparte a los organizadores y les dijo:
- Tenéis que confesar que los teníais aleccionados. Y al negarlo ellos: “Me dais qué pensar... si por ahí se dice que son unos bárbaros...”. En resumen, Pereira los había dejado embelesados. Eso era todo.
Manuel recuerda charlas amenísimas, en especial una de una comida que compartieron –“arroz con bogavante”, precisó Manuel con brillos retrospectivos aún en los ojos…- tras otra lectura suya en nuestro IES “Giner”, donde por cierto Pereira leyó ante un auditorio ruidoso que abarrotaba la sala. “Esos sí eran bárbaros”, dijo alguien. En un momento determinado, Pereira se encaró con un muchacho que hablaba y no paraba: “Oye, galán...¿a qué me c... en tu abuela?”.
El testimonio de Isabel, recién incorporada al Club, fue precioso. Por un azar, Pereira compartió habitación de hospital con un familiar de ella y eso le permitió tratarlo de cerca ese tiempo. “Era elegante y con un ojo clínico especial y fulminante para calibrar a las personas”, eso recuerda Isabel. “¿Y las despedidas? -prosigue Isabel-; miraba a su mujer y le espetaba: -Úrsula, mantente casta y pura. Y hasta mañana”. La cosa fue a más cuando Isabel le hizo saber que su marido poseía una ferretería, negocio de los antepasados de Pereira. Y entonces él se emocionó y recitó de memoria un poema alusivo (Isabel nos lo lee en voz alta). Alude asimismo a su interés por la gracia de las palabras, ante las que podía quedar pasmado. Lo ilustra Isabel con la anécdota que se contó en aquella habitación de hospital sobre un hecho rural. Cuando alguien la relata y repite esta expresión: “¡Tienes el pensamiento ambulante!”, dirigido a una muchacha soñolienta, parece ser que Pereira se sobresaltó e hizo repetir la expresión varias veces, asombrado del hallazgo. El gracejo zumbón de Pereira… Tomás recuerda cómo se despedía habitualmente en las reuniones: “Úrsula, vamos, hija –decía a su esposa- que ya es tarde y en la cama siempre hay algo que hacer”.

Cambiamos de tercio para hablar de los valores de su prosa y elegir vada quién lo mejor de lo leído. Pero Bernardino nos sorprende a todos, resistiendo en los terrenos de lo poético y haciendo ver esta perla. “A mí es que de los narradores lo que más me gusta es la poesía” (Marian recibe la boutade con risas). Ya en serio, Marian confiesa que no lo conocía y que ha sido una sorpresa muy agradable, en especial el retrato que hace de los habitantes de esa zona especial suya, El Bierzo, y elige el cuento “La bicicleta del coadjutor” como narración preferida. Tomás define su prosa como “poco habitual... plisadita y primorosa lo justo, llena de soluciones coloquiales, heredera de la tradición celta, como el gran Cunqueiro... y, sin embargo, su manera de narrar es tremendamente moderna, a mí me recuerda esa mezcla de lo oral y lo redactado a los narradores norteamericanos”. Por otro lado, se habla de que, en efecto, su medida idónea es el relato.
Bernardino incide en algo que a sus ojos distingue bien la prosa de Pereira. “Ofrece dos, tres datos y parece invitar al lector a rellenar por su cuenta lo demás: “allá te las compongas”, dice. Alude a “El apodo” y a “Picassos en el desván” para mostrarlo. Su voz, ‘marca de la casa’ es muy distintiva: irónica, suave, sugerente siempre.
Toribios añade algo más: “los giros coloquiales de Pereira, tan locales y tan expresivos.... ( Y cita algunos: “Era loco por la fiesta”, “pajarín”…) que llenan de sabor local sus narraciones. “Lirismo y Humor”, prosigue Toribios
Manuel vuelve a incidir en esa duda que acaba por despistar al lector sobre la verdad o la fábula de lo que se cuenta. Tomás lee un largo fragmento de “Palabras, palabras para una rusa” a fin de certificar todo lo que se está poniendo en el tapete (lirismo, humor, suavidad de tono, importancia de la palabra hablada, aun en la sustancia del relato...).
Emma se asombró con la dosis de exactitud de “Beltrán”, un relato de autobuses que le recordó tal cual lo que su abuelo le habría contado a ella. Raúl nos pregunta si no se nos parece a Sanpedro [¡pero Carmen entendió San Pedro, y como, en efecto, Pereira tenía ese halo de santo varón piadoso, hubo una divertida confusión que enseguida se resolvió!] Bernardino se adhiere a esa semejanza entre ambos escritores: “Tienen fragilidad aparente..., hasta que se ponen a hablar”.
¿Y Graciela? Graciela tampoco había leído a Pereira aunque un libro suyo dormitaba hacía tiempo en camisón [sic] en algún lugar de su casa. “Fue una sorpresa muy agradable... Me sorprendía a mí misma riéndome al terminar de leer algún relato...”.
La suavidad de Pereira, aduce Toribios, llega a saber usar una escatología con maestría, “decir lo inconveniente manteniendo un equilibrio, sin pasar cierto límite”. Y lee “Pastoral”, un relato. “Es que aunque lo pueda pretender, acaba por no molestar”, dice Tomás, que lee un fragmento del relato sobre Millán Astray de los Cuentos de La Cábila.
Y aparece otra confesión interesante del propio Pereira, quien siempre sintió que Valle-Inclán (el modernista, el de las Sonatas) era el gran escritor de la lengua castellana, al que él profesaba absoluta veneración. Bernardino lee párrafos del relato “La enfermedad” para insistir en esa idea recurrente del escritor a la hora de escamotear datos y referencias. Y aun así, según dice Toribios, no deja de emplear en sus relatos datos de esa intrahistoria leonesa bien conocida por todos (alusiones directas a lugares, a personas...).
Cristina elige el cuento “Vuelo planeado” para mostrar la sorpresa final, cuando se toma una dirección sorprendente e inesperada (como la del ave...). Graciela alaba el final de “El patronato”. Manuel, “Las peras de Dios”.

Antonio Toribios se pregunta en voz alta si no podría hablarse de etapas en su quehacer literario. Pero pronto la conversación toma derroteros más vitales, a partir de los viajes de Pereira (y allí se muestra el libro Antonio Pereira y los niños, llenos de fotos del escritor por distintas ciudades del mundo). Ese mismo espíritu se percibe en su poesía, dice Isabel; así como ese cuidadoso uso del lenguaje. Entonces Bernardino (no olvidemos que fue quien dijo que lo que más le interesaba de los narradores era la poesía) lee tres poemas: “El pródigo”, “Conminación” y “Oración”.

Vamos terminando con más y más anécdotas. La relación privilegiada y de mutua admiración entre Juan Carlos Mestre y él, sus salidas de “pata de banco” cuando menos se esperaba (y que todos le perdonaban por su manera aguda de decirlo todo) y sus libretas, sus famosas libretas menuditas y misteriosas repletas de anotaciones, de las que nunca se desprendía y donde iba volcando lo que la vida le ponía a ojos vista.

Terminamos así, con sabor agridulce esta reunión en que, a la postre, convocamos a Pereira en lo que nunca desaparecerá de él: sus palabras.

Nos citamos para la última sesión, el día 2 de junio. Terminaremos la temporada comenzada en otoño con JUEGOS DE LA EDAD TARDÍA de Luis Landero.

A las 19’30 y en la Biblioteca del “Giner” (un secreto: creo que Isabel Luis y Chus saben cocinar (¿a pistola?) delicias que se llaman “borrachitos” y “teresitas”. Qué nombres más literarios, no? ¡Como para no probarlos si tienen a bien compadecerse de esta tropa lectora…!
Pues eso.

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