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martes, 15 de diciembre de 2009

ACTA de la 10ª REUNIÓN / 'FIRMIN', de SAM SAVAGE



TEMPORADA II

-SESIÓN PRIMERA-

FIRMIN, de Sam Savage

10 de noviembre. 2009

La inauguración de la segunda temporada fue discreta. Media entrada en la plaza. Tiempo desapacible. Y –según se oyó en el mentidero- ganado irregular para la faena. Al final, claro, división de opiniones pero sin estridencias. Permitid, pues, que esta crónica no pase tampoco de una faena de aliño.

Abrió Bernardino citando de lejos con un comentario al término “rejileto”. “Eso me sirve de excusa para saber si la habéis leído o no”, dijo ladino.

Félix: “Lo siento pero se me atravesó. La dejé a la mitad. Y reconozco que hay humor, ironía, cinismo… Lo que queráis. Pero me aburrió mucho, en especial las descripciones… Repetitivo”.

Raúl confirma el sentir de Félix. “La leí por obediencia. Y porque me gusta entrar a escarbar en la etimología de las palabras. Por ahí me mantuve. Pero sí, es repetitivo. Y las referencias, desconocidas para mí, me lo ponían aún más distante todo”.

Carlos Matilla es más piadoso. La primera parte, sí se le sostiene en pie. Precisamente las descripciones: el asunto de la familia; el relato de los espejos… Pero a partir de un cierto momento, ya se me hace más pesada. “Salvaría el episodio final con Ginger Rogers (“secuencia poética”, dice Carlos) y la relación de la rata con el escritor extravagante”.

Marián parte de la importancia que tiene la cita inicial –luego insistiría más sobre ello- que da sentido a la novela. Le conmueve la incapacidad de Firmin para la comunicación, lo que le provoca “tristeza lectora” (¡un nuevo síndrome para el catálogo actual!) hasta el punto de identificarse ella misma con la rata. Marián lo dijo exactamente así: “También los libros pasaban por mí pero no yo por los libros; solo ahora me doy verdadera cuenta de esto”. Y lo relaciona asimismo con El Quijote, con esa ilusión que él se crea de lo que es la vida, a través de sus numerosas y mal asimiladas lecturas. Destaca cómo todo parece desembocar en esa sentencia final que Ginger dice a Firmin cuando la rata se manifiesta descreída: “No creo en nada”. “Crees en ser una rata”.

Marijose va un poco más allá. Sí, le ha agradado. Sobre todo el principio y el final. “Es libro de aprendizaje, para sacar conclusiones. Un libro de iniciación”.

Raúl, de corifeo, añade este dato: “No es nada optimista” Y todos en tromba minúscula de murmullos: “No…no.. qué va… qué va…”).

(En el tendido se empiezan a ver pañuelos blancos de reproche…)

Antonio Toribios lo estructura con más contundencia: Sostiene que es una fábula apocalíptica en la que todo se desmorona, de ahí la presencia de lo contracultural. En ella la identidad de la rata funcionaría como un símbolo de soledad extrema. “Simboliza lo subterráneo, lo que anda por donde no anda nadie, lo que vive entre los detritus…. Un ser que, en suma, vive en su interior y se alimenta de literatura”. Toribios concluye que es la descripción interior del propio autor.

A Tomás le pareció agradable. “Unan novela amable, de entreacto entre otras lecturas”. Destaca mucho la buenísima traducción de Ramón Buenaventura. Y al hilo de Toribios, está de acuerdo en que hay una identificación entre la rata (animal inmundo por excelencia) y el lector, una especie en extinción –“como nosotros mismo aquí, en esta penumbra catacumbal d ela biblioteca”-. También se detiene en esa similitud entre lo que hace la rata -“leer y comer lo que lee”- y la desaparición que se augura frecuentemente al universo del libro. Toda una lección de ironía y desolación. Por otro lado, se fija también en la tradición de libros de animales en otras literaturas, lo que acaso nos lo haga aquí más lejano. “¿Y no pensasteis en algún momento en Charing Cross? (y todos a coro. “Claro, claro… pero…”).

Marián repara en algo más sutil: ”¿Os fijasteis? Norman deja de ser denominado así a partir del intento de envenenamiento. Pasa entonces a figurar por el apellido”.

Manuel Arias se permite una evocación personal en color sepia: “me recuerda a mis libreros de antaño, allá en mi juventud (la mirada se le empezó a poner esponjosa y alguien acudió a darle un quite emocional antes de que hubiera aún más humedad en el ambiente). Más en serio, Manuel habla con largueza de la soledad del escritor, así retratada como fondo del libro

Yolanda es de las que se apunta a esa irregularidad de la novela. “Hasta la mitad, promete algo.. Pero luego..”.

(Más pañuelos blancos menudean en el tendido)

Vuelve a intervenir Bernardino. “Tampoco yo diré nada. De lo que no gusta, mejor callar. Pero puestos a hablar de novelas de animales –digámoslo así-, me quedo con Memorias de una vaca, de Atxaga. Aun así, hay hallazgos de palabras, seguramente mantenidos en la gran traducción que se hace de esta novela; por ejemplo, sé ya que hay ‘ratas’ y ‘ratos’... Y Bernardino volvió al sabio mutismo.

Raúl salvaría más de la mitad de la novela. Y vuelve a hacer valer las palabras (Raúl es un etimólogo apasionado, ¿saben?) además de ese sentimiento que trasciende el mundo de los ratones, “un pesimismo humano, no de rata”.

Tomás intenta convencer de ciertos valores que ha visto, que le han servido: “No me digáis que al menos hay un punto de vista muy trabajado –el de la rata, su estatura difícil para contar cuanto ve-“, y hace notar asimismo esa dosificación calculada del narrador a la hora de ir presentando las circunstancias: el lugar, el tiempo, el contexto de su nacimiento... A la concurrencia no parece entusiasmarle este laico apostolado.

Marián, esa repostera tutiplén, habla –naturalmente- de ese afán por comerse los libros sin digerirlos. Y ve en ello la imagen del lector que se atraca sin orden ni calma... Antonio Toribios toma el hilo para volver a plantear un posible sesgo autobiográfico y hace una cata en el fenómeno de las dedicatorias de los libros. Insiste: “me parece desolador”.

Este tribunal pregunta finalmente a Félix por su intención. “Decidme, buen lector, ¿tras esta sesión inquisitiva acabaréis el libro al menos”. Félix se niega en redondo y se lleva a la boca uno de los caprichos reposteros que hay sobre la mesa. Eso bastó para suponer que ya lo había dicho todo.

Se alude a otras lecturas cercanas: Sin noticias de Gurb, de E. Mendoza, y hasta Moby Dick, traída a colación por vericuetos inescrutables.

A Choni la novela le gustó, le pareció divertida. Y así terminamos con buen sabor de boca la sesión. ¡Gracias, Choni!

En el ambiente flotaba una duda. ¿Qué habría dicho nuestra querida Loly? Allá donde estés, oh, lectora admirable, lee esta novela de animales y grita con nosotros, pañuelo rojo al cuello y camisa blanca: ¡¡¡VIVA SAN FIRMIN!!”!

PRÓXIMA LECTURA EL DÍA 1 DE DICIEMBRE:

EL ÚLTIMO ENCUENTRO, DE SÁNDOR MÁRAI

lunes, 8 de junio de 2009

ACTA de la 9ª REUNIÓN /TRIBUTO A ANTONIO PEREIRA

[Retrato de Antonio Pereira, por la profesora Encarnación Campesino,
del IES Juan del Enzina, León]


SESIÓN NOVENA

TRIBUTO A ANTONIO PEREIRA

Martes, 12 de mayo

Comenzamos la sesión como menos suponíamos cuando la inventamos, hace unas cuantas semanas: sin la presencia del propio Pereira que “por problemas de agenda”, como dijo alguien con socarronería prestada del maestro berciano, no pudo asistir. Tampoco asistieron Albina, Ana, Carlos Matilla, Cholo, Eduardo, Gloria, Isabel, Loli, Lourdes, María José, Nemesio, Ricardo y Yolanda. ¿Deserción en masa? ¿Pánico desmesurado ante la gripe porcina? ¿Reclamo atávico del sol y su tirón primaveral? ¡Y quién lo sabe…!
En el “Haber”, hay que reseñar una novedad: la incorporación de Isabel Martínez. Bienvenida, Isabel.
En lo tocante a la intendencia, es de resaltar la calidad de unas pastas de nata hechas por Marian (“a pistola”, precisó ella, y la cosa nos dejó todavía más descompuestos. “Cocinar a pistola”… nunca se nos había ocurrido) y unas rosquillas –también raciales- que Emma puso a ojos vista del personal. Tanta masa suculenta nos comprometía a no pronunciar apenas la letra “f” so pena de sulfatar al compañero /-a de al lado. Y así comenzó todo...

Se pidió a voleo una semblanza inicial de Pereira. Antonio Toribios –haciendo honor al apellido- tomó al toro por los cuernos y se refirió a la encantadora manera de ser del narrador: cercano, ocurrente, capaz de hacer chascarrillo de cualquier cosa... tal como sucede con sus narraciones, donde el argumento se adelgaza en favor de otra cosa que acaba dominando lo relatado. Todo lo ilustra Antonio Toribios recordando una narración –la del examen de reválida, en Cuentos de la Cábila- donde parece que sucede eso mismo: el alevín de escritor termina por irse por las ramas y no obedecer la petición d euna redacción sobre la catedral. Bien traído a cuento, querido Antonio!
En definitiva –prosigue Toribios- “mantiene siempre un aire de principiante, asombrado de mirar lo que ve; eso es lo importante por encima de saber si dice la verdad o si lo inventa todo”. Toma la palabra Bernardino, que recuerda la ocasión en que se le llevó a su instituto (“Padre Isla”); lo describe como una experiencia deliciosa. Cautivó con su lectura, su manera de afrontar el coloquio... Hechizo general entre el alumnado, entregado a la liturgia grave de esa manera de leer… Al final, Bernardino comenta que el escritor les llamó aparte a los organizadores y les dijo:
- Tenéis que confesar que los teníais aleccionados. Y al negarlo ellos: “Me dais qué pensar... si por ahí se dice que son unos bárbaros...”. En resumen, Pereira los había dejado embelesados. Eso era todo.
Manuel recuerda charlas amenísimas, en especial una de una comida que compartieron –“arroz con bogavante”, precisó Manuel con brillos retrospectivos aún en los ojos…- tras otra lectura suya en nuestro IES “Giner”, donde por cierto Pereira leyó ante un auditorio ruidoso que abarrotaba la sala. “Esos sí eran bárbaros”, dijo alguien. En un momento determinado, Pereira se encaró con un muchacho que hablaba y no paraba: “Oye, galán...¿a qué me c... en tu abuela?”.
El testimonio de Isabel, recién incorporada al Club, fue precioso. Por un azar, Pereira compartió habitación de hospital con un familiar de ella y eso le permitió tratarlo de cerca ese tiempo. “Era elegante y con un ojo clínico especial y fulminante para calibrar a las personas”, eso recuerda Isabel. “¿Y las despedidas? -prosigue Isabel-; miraba a su mujer y le espetaba: -Úrsula, mantente casta y pura. Y hasta mañana”. La cosa fue a más cuando Isabel le hizo saber que su marido poseía una ferretería, negocio de los antepasados de Pereira. Y entonces él se emocionó y recitó de memoria un poema alusivo (Isabel nos lo lee en voz alta). Alude asimismo a su interés por la gracia de las palabras, ante las que podía quedar pasmado. Lo ilustra Isabel con la anécdota que se contó en aquella habitación de hospital sobre un hecho rural. Cuando alguien la relata y repite esta expresión: “¡Tienes el pensamiento ambulante!”, dirigido a una muchacha soñolienta, parece ser que Pereira se sobresaltó e hizo repetir la expresión varias veces, asombrado del hallazgo. El gracejo zumbón de Pereira… Tomás recuerda cómo se despedía habitualmente en las reuniones: “Úrsula, vamos, hija –decía a su esposa- que ya es tarde y en la cama siempre hay algo que hacer”.

Cambiamos de tercio para hablar de los valores de su prosa y elegir vada quién lo mejor de lo leído. Pero Bernardino nos sorprende a todos, resistiendo en los terrenos de lo poético y haciendo ver esta perla. “A mí es que de los narradores lo que más me gusta es la poesía” (Marian recibe la boutade con risas). Ya en serio, Marian confiesa que no lo conocía y que ha sido una sorpresa muy agradable, en especial el retrato que hace de los habitantes de esa zona especial suya, El Bierzo, y elige el cuento “La bicicleta del coadjutor” como narración preferida. Tomás define su prosa como “poco habitual... plisadita y primorosa lo justo, llena de soluciones coloquiales, heredera de la tradición celta, como el gran Cunqueiro... y, sin embargo, su manera de narrar es tremendamente moderna, a mí me recuerda esa mezcla de lo oral y lo redactado a los narradores norteamericanos”. Por otro lado, se habla de que, en efecto, su medida idónea es el relato.
Bernardino incide en algo que a sus ojos distingue bien la prosa de Pereira. “Ofrece dos, tres datos y parece invitar al lector a rellenar por su cuenta lo demás: “allá te las compongas”, dice. Alude a “El apodo” y a “Picassos en el desván” para mostrarlo. Su voz, ‘marca de la casa’ es muy distintiva: irónica, suave, sugerente siempre.
Toribios añade algo más: “los giros coloquiales de Pereira, tan locales y tan expresivos.... ( Y cita algunos: “Era loco por la fiesta”, “pajarín”…) que llenan de sabor local sus narraciones. “Lirismo y Humor”, prosigue Toribios
Manuel vuelve a incidir en esa duda que acaba por despistar al lector sobre la verdad o la fábula de lo que se cuenta. Tomás lee un largo fragmento de “Palabras, palabras para una rusa” a fin de certificar todo lo que se está poniendo en el tapete (lirismo, humor, suavidad de tono, importancia de la palabra hablada, aun en la sustancia del relato...).
Emma se asombró con la dosis de exactitud de “Beltrán”, un relato de autobuses que le recordó tal cual lo que su abuelo le habría contado a ella. Raúl nos pregunta si no se nos parece a Sanpedro [¡pero Carmen entendió San Pedro, y como, en efecto, Pereira tenía ese halo de santo varón piadoso, hubo una divertida confusión que enseguida se resolvió!] Bernardino se adhiere a esa semejanza entre ambos escritores: “Tienen fragilidad aparente..., hasta que se ponen a hablar”.
¿Y Graciela? Graciela tampoco había leído a Pereira aunque un libro suyo dormitaba hacía tiempo en camisón [sic] en algún lugar de su casa. “Fue una sorpresa muy agradable... Me sorprendía a mí misma riéndome al terminar de leer algún relato...”.
La suavidad de Pereira, aduce Toribios, llega a saber usar una escatología con maestría, “decir lo inconveniente manteniendo un equilibrio, sin pasar cierto límite”. Y lee “Pastoral”, un relato. “Es que aunque lo pueda pretender, acaba por no molestar”, dice Tomás, que lee un fragmento del relato sobre Millán Astray de los Cuentos de La Cábila.
Y aparece otra confesión interesante del propio Pereira, quien siempre sintió que Valle-Inclán (el modernista, el de las Sonatas) era el gran escritor de la lengua castellana, al que él profesaba absoluta veneración. Bernardino lee párrafos del relato “La enfermedad” para insistir en esa idea recurrente del escritor a la hora de escamotear datos y referencias. Y aun así, según dice Toribios, no deja de emplear en sus relatos datos de esa intrahistoria leonesa bien conocida por todos (alusiones directas a lugares, a personas...).
Cristina elige el cuento “Vuelo planeado” para mostrar la sorpresa final, cuando se toma una dirección sorprendente e inesperada (como la del ave...). Graciela alaba el final de “El patronato”. Manuel, “Las peras de Dios”.

Antonio Toribios se pregunta en voz alta si no podría hablarse de etapas en su quehacer literario. Pero pronto la conversación toma derroteros más vitales, a partir de los viajes de Pereira (y allí se muestra el libro Antonio Pereira y los niños, llenos de fotos del escritor por distintas ciudades del mundo). Ese mismo espíritu se percibe en su poesía, dice Isabel; así como ese cuidadoso uso del lenguaje. Entonces Bernardino (no olvidemos que fue quien dijo que lo que más le interesaba de los narradores era la poesía) lee tres poemas: “El pródigo”, “Conminación” y “Oración”.

Vamos terminando con más y más anécdotas. La relación privilegiada y de mutua admiración entre Juan Carlos Mestre y él, sus salidas de “pata de banco” cuando menos se esperaba (y que todos le perdonaban por su manera aguda de decirlo todo) y sus libretas, sus famosas libretas menuditas y misteriosas repletas de anotaciones, de las que nunca se desprendía y donde iba volcando lo que la vida le ponía a ojos vista.

Terminamos así, con sabor agridulce esta reunión en que, a la postre, convocamos a Pereira en lo que nunca desaparecerá de él: sus palabras.

Nos citamos para la última sesión, el día 2 de junio. Terminaremos la temporada comenzada en otoño con JUEGOS DE LA EDAD TARDÍA de Luis Landero.

A las 19’30 y en la Biblioteca del “Giner” (un secreto: creo que Isabel Luis y Chus saben cocinar (¿a pistola?) delicias que se llaman “borrachitos” y “teresitas”. Qué nombres más literarios, no? ¡Como para no probarlos si tienen a bien compadecerse de esta tropa lectora…!
Pues eso.

jueves, 7 de mayo de 2009

ACTA de la 8ª REUNIÓN: '84 CHARING CROSS ROAD', de Helene Hanff

OCTAVA SESIÓN

84 Charing cross Road
de Helene Hanff

Hubo ausencias de aquellas que llamaban clamorosas (Choni, Félix, Albina, Yolanda, Ana, Antonio, Nemesio, Lourdes y Mª José); en contrapartida, dos incorporaciones: Marian y Ricardo. Bienvenidos a la fiesta.

La sesión comenzó con dos palabras contrarias: “frescura” contra “pesadez”. Loly se encargó de ponerlo todo más divertido. “Pues yo lo leí en valenciano, y sería eso porque le vi ternura…”. Graciela persiste en su incapacidad para soportar “tantos huevos en polvo”. Una vuelta de tuerca más: Bernardino dice sin empacho que le ha resistido la tercera lectura, bien tramada como historia, esa aparente sencillez –“una ingenuidad buscada”- y, en fin, la “calidez y calidad” que permite retratar así ese mundo: librerías de viejo, un contexto muy especial… Y advierte algo más: “Para mí son cartas podadas”.

Marian se estrena confesando que para ella lo primero fue la película (se refiere a la versión de la novela, “La última carta”) y que tanto como la película le gustó el libro. No le defraudó. Es como si la protagonista escribiera así precisamente por su condición de guionista. Cristina se suma a esta reacción. “Libro muy visual, parece que la vemos en su casa…”. Raúl: “Libro bien conseguido, sobre todo por saber fundir lo cotidiano con lo histórico”. Y Bernardino no quiere que pase inadvertido algo importante: la pobreza de la protagonista no el impide gastarse el dinero en libros. Tomás piensa que la protagonista se refugia con dignidad y autosuficiencia en su mundo de lecturas: “Precariedad sin desesperación”. No, no está desesperada, vive en una “amargura suave, no es una Fräulein”. Isabel la retrata como una mujer adelantada a su época.

Emma entra a hablar de la expresión peculiar de las cartas de Helene, con esa tipografía de mayúsculas que hace todo más subjetivo. A Raúl también le había llamado eso mismo la atención y añade algo más: su interés por la propia cronología epistolar.

Manuel echa en falta otro tipo de cartas con informaciones distintas, menos obsesivas en torno a un mismo tema literario. Pero enseguida Raúl interviene resaltando que hay tres tonos en las cartas, tres frecuencias (Helene, Frank y el resto de personajes corales). Isabel llega a decir que hay una suerte de celos entre los diversos corresponsales: y Marian observa cómo eso es así, de tal manera que Frank procura que su jefe no lo vea cuando escribe algunas de sus cartas.

Sobre el tema de “lo literario” como eje de la novela, a Tomás le llama la atención que Helene pida libros clásicos desde USA en un momento en que en Inglaterra (años 60) se va hacia lo pop, hacia otra cultura… Bernardino resalta cómo la librería y Londres aparecen en realidad como espacios míticos, inalcanzables, a los que nunca se acaba por llegar. Mª Jesús lo resume diciendo que si hubiera ido, el alcance final de la obra habría perdido el encanto. “Ella metió Londres en su casa”, eso se dijo como colofón de esta idea.

Se entra a hablar del contexto de la novela. Cristina es quien abre el nuevo sesgo considerando esa radiografía de la Inglaterra de posguerra que aparece continuamente. Es como si Helene asumiera los favores que su país no hizo a Inglaterra. Raúl llega a hablar de “mala conciencia”…

Un nuevo matiz: el sentido de la lectura, del intercambio de libros, de la “alegría” con que la protagonista se desprende sin duelo de ellos (Tomás lee en este sentido un pasaje de la página 75). Loly y Bernardino traen a colación ejemplos actuales de esta “socialización de la lectura” (crossing-book, etc.), como si ya la novela lo anticipara en la actitud de Helene.

Ricardo se estrena: “¿Y creéis que el único eje de la novela es el libro, lo relativo al libro? Cristina dice que si fuera así, no habría novela… Bernardino habla de toda una galaxia de temas (sociales, políticos..) que configuran la obra. “Quizás no sea una gran novela pero como historia está bien contada, con detalles medidos…” Emma vuelve a poner de relieve la exactitud del tono de las cartas. “Pinceladas pero muy bien medidas”, culmina Raúl. Y prosigue: “¡Qué pena que a Graciela no le gustara!”. “Es que ese día –confiesa ella- estaba mal del estómago” [risas, risas] Cholo, ojo avizor hasta ese momento, se descubre: “Lo siento pero me ha parecido monótono, pesado, como si leyera siempre lo mismo” Y Emma le advierte que alguna edición tiene páginas repetidas. “A ver si fue la que tocó” [más risas]

Como para conjurar que no hay un solo tema, Cristina pone el acento en la importancia que se da a la alimentación (envíos de alimentos desde USA, relatos de recetas…), que retrata toda una carencia colectiva. Y sobre eso se abunda en todos los tonos posibles…

Carmen, calladita hasta ahora, hace un juicio final sumarísimo: “No comparto el entusiasmo por el libro. Ni tengo empatía con la protagonista, a la que no le gusta la ficción. Y ese rechazo no lo entiendo… No me ha atrapado, eso es todo. Y veo en su vida un cierto fracaso. Unos y otros van modulando estos pareceres, que fueron cerrando la sesión, sin olvidar una “causticidad”, una “coña” que empapa la obra (en eso Cholo sí que está de acuerdo, con todos sus genes gallegos en pie).

* * *

Se propusieron las dos últimas lecturas del Club: Landero y Antonio Pereira, con la asistencia de éste como colofón del año. Pero la vida trama sus leyes de otra manera. Qué poco suponíamos lo que iba a suceder algunos días después. Y aun así –o precisamente por eso- decidimos hacer el día 12 de mayo un sesión de homenaje al gran ANTONIO PEREIRA leyendo y comentando relatos suyos. Landero nos espera, pues, más lejos.

martes, 24 de marzo de 2009

ACTA de la 7ª REUNIÓN / 'CAMPO DE AMAPOLAS BLANCAS', de Gonzalo Hidalgo Bayal

SÉPTIMA SESIÓN

'Campo de amapolas blancas',
de Gonzalo Hidalgo Bayal (Tusquets, 2008)


La sesión comienza a desarrollarse entre dos luces (“entre lusco y fusco”, diría un gallego). Así es: por estas fechas entramos antes del oscurecer pero ya salimos de noche total. Eso le da al asunto un poco más de irrealidad, como si el ejercicio de la lectura tuviese cierta capacidad de transformación. ¿Y no es así?
Faltaron más miembros que nunca: Carmen, Raúl, Cholo, Lourdes, Graciela, Marijose, Yolanda, Antonio… Por un momento, alguien pensó si no habrían fundado un club paralelo. Parece que no.

Y empezó la sesión. Sin la ayuda de Carmen –y sin nociones de taquimeca— quien transcribió hizo lo que pudo. Por la mesa patinaban esta vez de lado a lado bandejas de rosquillas caseras (¡vaya mano, la suegra de Manolo!), hojaldres dulcemente nevados, galletas de nata… y restos del Oporto de la sesión anterior.
Fue Gloria quien abrió el fuego. “Me gustó”, y Bernardino hizo esa primera advertencia con perdigones de ironía que estuvo a punto de dividirnos en “seniors” y “juniors”: “Sí, pero es un libro no aconsejable para menores de 50 años” ¿Por qué era así? Las referencias, las lecturas, los nombres propios… toda una constelación que no se puede haber vivido del todo por debajo de esa edad (y Bernardino hace semblanza panorámica de una milicia de títulos y autores que contribuyeron a aquella formación lectora, incluido homenaje a la editorial “Reno”). Carlos (más de 50 años) apostilla a favor de eso mismo y trae a colación el capítulo 3, imposible de entender si no se conocen esas menciones; también hace notar que hasta la cita imprescindible y hermosa de Camus es bocado generacional, incluso mantenida en francés (“Se supone que un lector de aquella generación la comprende, pues fue la lengua extranjera escolar por excelencia en aquellos 60”).
Mª Jesús y Cristina –por debajo de los 50- añaden que no sólo las referencias sino que la figura del protagonista se hace difícil de empatizar –esto lo dice el osado transcriptor- con alguien ajeno a aquella época. Nemesio (de 50 para abajo) habla del valor del prólogo y su advertencia de la importancia de hacer justicia con la memoria, que será en adelante el motor racional del relato. Félix está de acuerdo, aunque dice que a veces le parece que se llega a rozar cierta traición a ese principio de no falsear lo recordado (y trae a colación el episodio del prefecto en el colegio de los hervacianos). Es entonces cuando Isabel quiere hacer notar el valor poético que empaña toda la novela. “Poético en todo caso, no lírico”, sigue quisquilloso Tomás, que está al plato y a las tajadas –o sea, a escuchar y a transcribir: de momento nada de rosquillas-.
Manolo abre otro campo de acción. Buceó en posibles analogías entre la novela en sí y alguna de las referencias mencionadas. “Y llegué a encontrar cierto sentido entre este libro y el relato 'El perseguidor', de Cortázar”. Su sugestiva defensa encuentra aliados. Más allá de esto, Manolo plantea que en ocasiones –“no muchas”, dice- la novela le parece un tanto prolija en la expresión. “Podría ser más económica, más directa”. Se habla entonces de ese estilo próximo a la escritura cervantina, de que hace gala el autor. Lenguaje limpio, fluido y que sale de la mejor tradición del uso rítmico de la prosa castellana (alguien hace notar, por si viniera bien decirlo, la amistad de Gonzalo Hidalgo con Sánchez Ferlosio: “Ah, bueno”, se oye musitar bajo el abejeo de los neones de la biblioteca…).
Bernardino vuelve sobre una lectura “epocal” (que diría un post-moderno) y advierte cómo en medio de tantas referencias contextuales no hay rastro del mayo 68. En pos de ello, hizo una segunda lectura y observó cómo el autor se encarga de renunciar a cualquier tópico barato, facilón. Hay, en ese sentido, una disciplina magistral en la conducción del relato. Y entonces le hace un guiño a Manolo: “También yo volví sobre 'El perseguidor'…”. Félix, nuestro detective salvaje, también buscó “gazapos” que no estuvieran del lado de las pretensiones que el autor anuncia en el prólogo. Pero nada… La novela es impecable, en ese sentido también.
Loli –permítase al transcriptor no desvelar su relación con los 50, pues se trata de una dama- toma la palabra para evocar de nuevo cómo se pudo haber vivido aquella época llena de transformaciones de todo tipo. Su consideración levanta adhesiones de Ana, Nemesio y Cristina. Ésta última llega a hablar de cierto complejo de Peter Pan en la figura de H., que no parece querer crecer. Tomás propone entonces cómo a pesar de estar fuertemente contextualizada, hay un alcance universal, general, en el fondo de la novela. “¿Quién no ha conocido a H. –dice-, ese muchacho que sólo hacía actividades disipadas, que no era perseverante, que parecía empezar cualquier iniciativa con facilidad pero…?”. Es Emma quien interviene con una justa apreciación: “A mí me parece que hay un contrapeso. Por un lado, los nombres imaginarios o escondidos –Murania, H.- dan esa medida de que esto puede estar pasando a cualquiera y en cualquier lugar; en cambio, luego se apoya en referencias muy concretas; Salamanca, Madrid, parís… Hay ese juego entre lo general y lo localizado”. El respetable –que para esa hora ya atacaba la rosquilla con indisimulado apetito, en especial los que estaban por debajo de los 50- casi aplaudió tanta dosis de lucidez.
Bernardino nos lleva ahora a la figura del padre, ese hombre sentencioso, desbordado por la actitud de H., y que es también arquetipo de aquella época, cuando los padres que habían vivido en la dictadura comprueban cómo sus hijos toman otros rumbos (“el síndrome de Alcántara”, sugiere Tomás). Todos convienen en que suscita finalmente una comprensión / compasión por parte del lector. Cristina lo resume: “La vida es así: la hiperprotección no sirve; en cambio, el narrador parece más suelto, menos vigilado… y obra sin embargo con esa prudencia práctica que lo salva…”. “El instinto, que no se aprende…”, se oye decir…
Manolo vuelve a intervenir para hacer observaciones sobre cierta cualidad de “desdoblamiento” que le produce el narrador, como si en ocasiones mostrara dos personalidades: una encubierta y otra exterior. Alrededor de eso, Isabel hace notar ese eje bien marcado que se mantiene a través de toda la narración: orden / desorden, que afecta a ambas vidas paralelas: la de H. y la del narrador. Ana, Loli, Gloria, Tomás vuelven a hablar de esa extraña lógica de la vida que permite imaginar un destino como el de H. en cualquier vicisitud, en cualquier época aunque sea arropado en otras claves accidentales. Algo así se dijo. “Bueno –arriesgó Cristina-, tampoco se nos garantiza que el orden del narrador haya sido lo mejor. A fin de cuentas, él se limita a hacer esa crónica de H.” “Es cierto –añade Bernardino-: nada sabemos casi del mundo personal del narrador: su familia, sus aficiones, su vida… Sólo se demora en contar esos largos veranos perezosos… pero sin profundizar”. Quizás- se apostilla- era una familia estándar sin más, la del narrador. Pero Bernardino no lo cree: asistir a un colegio religioso sin pretensiones de seminario, viajar a París…, no, en aquella época esto no era aún un comportamiento convencional de la generación. Nemesio ve que el narrador es una voz, simplemente una voz sin otros apoyos, que incluso resuelve expresiones del lado de lo oral (“el deneí”, se lee). Cristina quiere reprochar algo al amigo de H., y es su decisión de romper su amistad con él. Ahí, el narrador sí toma posiciones concretas. “Posiciones prácticas, simplemente”, dicen Ana e Isabel, cortando el paso a la pasión fiscal de Cristina (“fina jurista”, la había llamado alguien…). Félix reconduce el punto de la discusión hacia la pretensión del narrador de contar desde una voz que no se compromete. “H. existió, eso es todo. Eso parece querer hacer saber el narrador. Y tiene derecho a ello”. “En el fondo –aduce Tomás- se nos hace saber eso: que el destino no necesita de grandes golpes ni traumas para acabar en tragedia. A veces se llega a la desdicha por deslizamiento inadvertido, por cúmulo de decimales…”. Y se sigue charlando en torno a eso entre trago y trago; entre pasta y rosquilla.
“Quisiera decir algo más –es Cristina quien habla-. Parece que la novela manejara sólo claves masculinas, según la estáis aquí desentrañando. Como si yo no la pudiera entender”. Tras escucharlas, tod@s convinimos en que la clave, a pesar de todo, era universal. Y hubo un carrousel de relatos personales y biográficos bien cercanos a los sucesos que determinan la vida de H.
Se pasa a hablar por fin de ese humor bien dosificado y repartido por toda la narración. Gloria, y también Tomás, aluden a fragmentos donde aparece suavemente (“entre este cristo y el otro…”; “el hijo del cuerpo y el hijo del hombre”…). Así nos dan las nueve. Y había que hablar aún de la próxima lectura.

Tras descartar algunas propuestas por no tener noticia segura de qué se encerraba tras los títulos, nos decidimos por:
'84, Charing Cross Road', de Helene Hanff

DÍA: 28 DE ABRIL

Y entonces, habló Isabel. Su propuesta fue aceptada de manera fulminante: ¿Por qué no pensar a la vez en una obra más extensa, aunque sea para hacer revisión de una antigua lectura, si es que ya se hubiera hecho por algunos lectores? Se habló de clásicos incuestionables, de títulos y autores necesarios…. Al fin, nos decidimos por ir leyendo 'Juegos de la edad tardía', la gran novela de Luis Landero. (Sí, la edad tardía… otra vez a vueltas con los 50 años). El día 28 de abril ya pondremos fecha para esta lectura, más sostenida.
Hasta entonces.

miércoles, 11 de marzo de 2009

ACTA de la 6ª SESIÓN / 'El vestido rojo', de Robert Alexis


CLUB DE LECTURA GINER
SEXTA SESIÓN

'El vestido rojo',
de Robert Alexis

El consuelo eucarístico que nos asistió esta vez (rosquillas de monjas y vino de Oporto, antes de llegar cocos y moscatel) vino a compensar tanta disipación moral acumulada como habíamos leído en El vestido rojo. Faltaban Manolo, Albina y Bernardino –Yolanda llegó a asomar la nariz brevemente- pero de distintas maneras habían hecho saber ese crujido de decepción de la nueva lectura, que hasta en opinión de algunos hizo buena a la anterior… Las dos últimas sesiones no han sido afortunadas. Pero también es cosa del oficio lector resistir estos envites. “Habrá que pensar con más calma cada propuesta”, había dicho Carmen. “Y sobre todo, nada de dar oídos a impresiones ajenas”, se apostilló. Así se hará.
Con nuevas incorporaciones (bienvenidos/-as: Mª José, Eduardo, Carlos, Isabel), el repaso obligado (se había pedido llevar cualquier distintivo rojo, por leve que fuese, y allí hubo de todo: desde lazos de solidaridad hasta bolígrafos, pañuelos y cordones de zapatos), y bajo la protección de Mauricio, el esqueleto totémico del instituto, vestido de rojo para la ocasión, empezó la sesión.

El libro no gustó en general. Félix se encargó de abrir fuego: su primera lectura, mal: una segunda que emprendió, por si había sustancia imprevista, peor. Nemesio se subió a ese carro de la decepción: “Necesité cuatro sentadas para digerirlo, y fijaos qué delgado es”. Graciela empleó una palabra curiosa: “Es cursi, como la propia palabra “irrefragable”, que allí sale. Carlos Matilla traía un discurso más articulado (ah, la condición del prejubilado con tiempo a su merced… cada vez da más envidia): “Demasiado ambicioso, no es que sea aburrido sino algo peor: ejercicio frustrado lleno de superficialidades; y ese titular de ‘Novela Filosófica’ con que se anuncia… Nada de nada. En todo caso, novela mal mezclada entre lo romántico y lo gótico”. Para Ana, en fin, es un catálogo de especulaciones, de demasiadas especulaciones. Tampoco Raúl comprendió bien ese presunto alcance filosófico. “¿Será por el protagonista, Hermann, que puede acabar por ser libre rompiendo las convenciones?”.

Eduardo se estrena resumiendo que muy frecuentemente los filósofos acaban por hace mala literatura. Y esta pretendida fábula intelectual es el caso…, aunque se adhiere a la tradición libertina de cierto malditismo narrativo; pero no llega a apoderarse de la atención lectora. Es demasiado dispersa, demasiado cerebral. Lourdes remacha: “Hermann es el primero que se hace poco creíble”. Y un coro general se acopla a este parecer. Antonio lo resuelve con gracia castiza: “En esta época en que hasta a los guardias civiles les ponen piso aunque se trate de un matrimonio homo-…, esto no escandaliza a nadie, si es que esa era la pretensión del autor”. ¿Sería la pretensión? Atemos esa mosca por el rabo.

Mª Jesús y Emma entran a tratar de la dispersión excesiva de sucesos, como si apretar la novela de referencias heterogéneas y hasta desconectadas fuese darle más interés. “Procede por acumulación, dice Emma, y eso acaba no funcionando. Lo profundo hecho disperso ya se pierde” (caray, Emma, eso sí que es filosofar con puntería y sensatez, ¿no?) Carlos Matilla insiste: “Parecen mimbres para una obra mayor”. Y Tomás: “Es que no hay anclajes; todo queda en un estado intermedio que no acaba de fraguar, como decían Emma y Mª Jesús”
Se pasó entonces a considerar el final. Demasiado apresurado (Antonio), otro fraude (Isabel). Incoherente (Carlos), dado que al final se habla de la gloria que Hermann consigue en la batalla, sí, pero al principio el propio Hermann se había presentado con andrajos… ¿qué se nos ha hurtado, entonces?. Esta consideración de Carlos hizo pensar incluso en cierta predisposición cinematográfica, donde la elipsis tiene más cabida natural.
Cholo, de espíritu analítico, se remonta a algo más general: la dificultad de escribir, en inversión proporcional a la extensión del texto. A más brevedad de éste, más presión, más dificultad. No se había fijado. Claro.

Lourdes y Carlos retoman asuntos particulares del libro: El estilo (tan indefinido como todo lo demás: ni desarrollado con suficiencia ni impresionista, sugerido. Mal).
Carlos entra con talante constructivo a hablar de los personajes. “El mejor, el general y, tal vez, el perfil del cura” Loli le corta la retirada (a Carlos, no al general): “El cura?, pero si el cura también estaba en el lío….” Era una manera de entrar en el combo para decir, la propia Loli, que un personaje como Hermann, aunque era extremo, estaba poco dibujado.
Es entonces cuando Antonio pide leer un fragmento que termina así por cuenta del narrador: “la metáfora era cautivadora”. “Eso es trampa, dice Antonio, no solo falla la novela porque aburre sino que encima se echa flores”. Ana e Isabel, en dúo improvisado, matizan: “No, no, no aburre porque acaba por entretener, quizás animados por lo breve que es. Pero nada más.”.

Graciela, Chus, Gloria entran en labores policiales, habituales ya de este Club (dan ganas de abrir sección aparte en el acta ya para siempre): “¿Os disteis cuenta en algún momento previo de que Hermann era gay?” Félix quiere ganar galones y lee la página 9. Algunos otros se suman a esa intuición y aducen pruebas lectoras: el episodio con el soldado, el parecido de Rosetta con el chico, a juicio del narrador. Loli da una vuelta de tuerca: “Sí, sí, gay…, pero con Rosetta se lo pasó pipa”. Antonio lo explica ahondando en la personalidad del protagonista, que en el fondo se deja llevar, dada la ambigüedad que le concierne. Y esa es la palabra que por fin sale: Ambigüedad.

Mª José hace una síntesis de la intención de la novela: “La clave puede ser cuando Hermann dice que hay dos pasos: comprender y liberarse. El problema del personaje es que intenta liberarse sin comprender, aceptando todo tal cual se lo van dando. De ahí que él no alcance esa liberación. ¿Y no buscará la muerte? En un momento dado, se puede leer esto: ‘No conseguí que me mataran’.
Se vuelve atrás sobre la condición del protagonista, la ambigüedad, el discurso de Freud, a quien se menciona, la androginia… Loli plantea de nuevo el problema de la homosexualidad., la no aceptación social… Félix y Graciela matizan: “En realidad, Hermann pasa por todas las fases: hetero, homo, trans… El problema no es su condición, es no saber lo que él es. El no lo sabe y…”

Silencio

Más silencio.

Félix se anima: “El Oporto, buenísimo”

Para eso dio la lectura. Para nada más.
Y, de acuerdo con la directriz de Carmen, se pensó con más calma en la siguiente. Un autor español, se dijo; con más calado en el lenguaje, se volvió decir. Salieron nombres: Eduardo Mendoza, Belén Gopegui. Todo muy tímido, muy poco decidido. Tomás dice en voz alta que Ana se ha conmovido mucho con la última de Gonzalo Hidalgo Bayal: Campo de amapolas blancas. No se hable más. Y a por ella. Así acabó la sesión, más corta que otras veces pero no menos llena de frescura lectora, compañeros. O eso nos pareció…

PRÓXIMA SESIÓN

17 DE MARZO

Campo de amapolas blancas,
de Gonzalo Hidalgo
(Ed. Tusquets)

martes, 17 de febrero de 2009

ACTA de la 5ª SESIÓN, sobre 'EN EL CAFÉ DE LA JUVENTUD PERDIDA', de Patrick Modiano

CLUB DE LECTURA GINER

QUINTA SESIÓN

'En el café de la juventud perdida',
de Patrick Modiano


Al término de la quinta sesión (10 de febrero; invierno aún agazapado afuera; crisis sobrevolando por todas partes), los integrantes del Club debieron de sacar una conclusión por encima de cualquier otra: empieza a haber una relación de compensación inversamente proporcional entre el interés por la lectura propuesta y las aportaciones alimentarias. A menos fuerza del libro, más comida. Esa es la ecuación (un envite para Raúl y Cholo…).
Y empezó a caer el aluvión de repostería: orejas de carnaval -¿orejas otra vez? ¿no habíamos acabado así de taurinos en la sesión anterior?-; pastas de almendra sin trampa ni cartón -¡gracias, María Jesús!-; pan perdido (en correspondencia, Yolanda, con esa “juventud perdida”); teclas crujientes... En fin, se ve que en el inconsciente colectivo había, tras la lectura de Modiano, necesidad de endulzar el ánimo, un tanto agriado.

Item más, el escenario también varió. Se le ocurrió a Bernardino meternos en París con canciones y vistas de la Ciudad de la Luz y del Amor. Todo surtió efecto y la sesión se desarrolló sobrellevando con dignidad los avatares de una lectura que a casi todos se antojó un tanto disipada y sin energía. ¿A todos? No tanto… Lourdes se erigió en defensora de causas perdidas y rompió una primera lanza a favor de la novela. Su ambiente cosmopolita exigía precisamente eso, ese entrecruzamiento fugaz de relaciones que nunca terminan en nada. “Como nos ocurre a nosotros, habitantes de ciudad”, remató. Raúl diría luego que él no se reconocía en esa forma de vida. “Debo de ser un provinciano”, añadió lacónico… (alguien le pasó una dulce tecla para que su suspiro no llegase al patetismo, como se veía venir).
Antonio dio claves de ánimo que se agradecieron: libro exigente, moderno, que pide el concurso activo del lector para cerrar las historias a medias. Emma rubrica esta opinión y, como aquel P. Damián hizo en su día, emprende un honrado acto de confesión general en público: “Yo hice trampa, compañeros: pedí a Chus que me avanzara algo de lo que había leído y…”. Se le perdonó, aunque a la salida de la sesión, entre pasillos, hubo quien dijo que hiciera penitencia en forma de limosna gastronómica… Eso esperamos…

A partir de aquí, sulfatándonos escrupulosamente con miguitas de todo tipo (se impone agua o algo mejor para próxima sesión) todos fuimos soltando en tono menor invectivas, dicterios y razones en general por las que no acabábamos de sentirnos colmados por Modiano. Félix fue drástico (“Lo único bueno, el título”). Y luego dejó ver cómo todos en la novela escapaban de algo. “Nadie tiene casa, ¿os habéis fijado? Se pasan el día allí, en ese café, como fracasados”, eso dijo Chus entre pasta y pasta (y debió de pegársele la almendra a un empaste, ay, porque ya apenas dijo nada más). Por su parte, Bernardino más adelante se adhirió a la causa de Félix: “El título…, oficio de escritor… y poco más. Nada de profundidades… Pura postal tópica de París”. Cristina añadió razones vitales propias: “No conecté nunca con el libro. Quizás eso de que personajes de veinte años ya se sintieran fracasados no lo acepté bien”.

Comenzó entonces el juego de aproximaciones y semejanzas. Tomás habló de La colmena (y de Nada); pero Antonio y Félix no acababan de ver eso claro (Antonio luego apuntaría a El Jarama, de Ferlosio…). El propio Antonio plantearía que a pesar de la rica topografía parisina, llena de menciones exactas, en la novela primaban “lugares neutros”. Y, símbolo primordial de todos ellos, el propio café.
Loli varió la dirección de la sesión y se centró en Loki, el personaje misterioso. “Todos deslumbrados por ella”. Manolo incide en eso, y repara en cuestiones del primer capítulo que nos van descubriendo a esa Loki. Su episodio de ruptura con el marido le parece de lo más interesante del libro, sobre todo porque surgen reflexiones sobre la vida que trascienden el tono general de la novela. “Sí, sí –dicen a coro Graciela y Félix- pero ese detective no es creíble, eso de enamorarse de la clienta…”. Un mal profesional, voilá… (para sabueso detective, Félix, que entró en los mapas de Google a perseguir virtualmente los trayectos de la novela).

Antonio plantea de pronto si no se parecerá la novela en el fondo a El ardor de la sangre, precisamente por esa inconsistencia de las apariencias que… Carmen en este punto menea ostensiblemente la cabeza en dirección este-oeste, como si siguiera viendo mentalmente un partido de tenis. “¡En absoluto! Brutalmente opuestos”. Eso dijo. Y siguió tomando estas notas volanderas.

En todo caso, para Tomás es una novela sobrepasada, que ya ha perdido su razón a estas alturas de la Historia… salvo que haya otras razones desconocidas para nosotros respecto a la oportunidad de su publicación precisamente ahora. Ahí queda la conjetura…

“¿Y Janet”. Bernardino nos lleva a un personaje que podría haber tenido más interés. Poderosa, que influye en Loki… Sí, pero el escritor no parece estar por fijarse tanto en personajes como en mantener ese ambiente desvaído, dicen unas cuantas voces (Ana, Antonio…). Choni lo resume con ejemplar eficacia: “Lo que es importante no es lo que dice sino lo que refleja”. Y fuese por lo bien sintetizado que quedó esto –gracias, Choni!- o porque nos pilló a todos despegándonos del paladar secretamente restos de pastas, orejas y telas, se hizo un silencio largo.

Se plantea de pronto la posibilidad de que esté mal traducida. Cristina (nuestra Galatea ¿nuestra Gala Atea?) ha observado, en efecto, ambigüedades inconvenientes en ciertos pasajes que lee en voz alta. Siguieron más puntos de discusión y reflexión sobre la voz narradora, quién se escondería tras ella: “Hay trampa desde el momento en que habla un superviviente que parece que no tenía la juventud tan perdida”, dice Bernardino.

Así se fue pasando la sesión hasta las nueve. Asistimos varios al ritual del vino posterior y, emboscados en las sombras de la noche, iniciamos esa dispersión a semejanza de los protagonistas de la novela. Pero, ¡ojo!, nada de desesperaciones, amarguras ni fracasos… Todos despidiéndonos alegres hasta después del Carnaval tras votar por El vestido rojo (Robert Alexis, Salamandra). “Traed algo rojo ese día, chicos”, había dicho Carmen antes de despedirnos.

Traed lo que sea. Pero volved. Es estupendo este grupo, ¿no?

Hasta el día 3 de marzo

para hablar sobre EL VESTIDO ROJO, de Robert Alexis

OTROS TÍTULOS CONSIDERADOS:
La estepa infinita 1 voto
Mal de piedras 1 voto
Desgracia
La muerte lenta de Luciana B 1 voto

Sinopsis Temática

1.- La soledad de la gran ciudad (Lourdes: “También nosotros tenemos relaciones mécanicas, sin conocer a la gente que se cruza en nuestra vida.
2.- Vidas sin futuro y con un pasado que se oculta. El presente es un vacío del que se intenta escapar. (Félix)
El eterno retorno: Sensación que transmiten los personajes( Lourdes)
La vida “de verdad” es otra… (Manolo) cita esa frase del libro y le da un valor más general
• Metáfora existencial ( Antonio)
• Referencias a la obra de Carmen Laforet (Tomás) y (Antonio), que también busca semejanzas con Pedro Páramo, pero a la urbana. Más referencias: La colmena, Calle Mayor, Los golfos…, cine Dogma.

3.- Los lugares:
• ¿Tiene un significado que transcurra en París? París “otro personaje” Interesante hacer el recorrido de los paseos siguiendo el mapa ( Félix). Lo de menos es el lugar -la insatisfacción no está circunscrita a un lugar- (Antonio)
• El café lugar de refugio donde el solitario “ puede hablar “ ( Lourdes)
Pero ¿qué hacen en el café? ¿ ¿ leen o hacen que leen? ( Manolo )
El café es un lugar mental (Antonio)
• La atracción que algunos lugares ejercen sobre nosotros (Manolo)
• El cementerio que se cruza físicamente en vida ( Bernardino)

Personajes

1.- Perros perdidos
• Seres fracasados –(Loli) matiza “gente bohemia”, no fracasada- por las desgracias acaecidas en sus vidas. Gente de paso. Vidas en habitación de hotel, sin hogar, desarraigo ( Mª Jesús)
• Personajes negativos e insatisfechos, que buscan un ancla que no encuentran. Dificultad de identificarse con ellos. Vida sin asidero. Existencialismo. Final predecible: ¡podía haber sido 50 páginas antes! (Cristina)
• Pero hay gente que vive “en el filo”, que cambia su identidad (Lourdes) . Fantasmas, gente opaca, transeúntes (Tomás)
• “Perros perdidos” ya vaticina la señora Chadly ( Bernardino)

2.- El detective
• ¿Por qué no informa al marido? No está claro ( Yoli); toma partido ( Raúl); la comprende (Ana)
• Relato que más gusta a Félix y Lourdes

3.- ¿Qué hacemos con el marido? –apunta Graciela …. ¿qué responder?

Estructura
1.- Diversos puntos de vista
• Interesante planteamiento con “varias voces” (Lourdes)
• ¡Menos mal que también “ habla “ella misma! ( Cristina)
• Es una trampa, expone hechos parciales con partes que quedan “colgadas” (Emma)
• Novela llena de contradicciones ( Cristina)
• Obra poliédrica ( Antonio)

2.- Estilo
• Relato frío. Exige una labor de montaje, de “reelaboración” por parte del lector. Ganas de contar la historia al propio modo. Novela… escríbala usted mismo. (Antonio)
• Estilo “del escamoteo” (Tomás).

3.- Título
• Lo mejor el título. 3 palabras clave: café, juventud, perdida. ( Félix)
• Otra propuesta de título “ en el café de la insatisfacción “ ( Graciela)
• Importancia de la preposición EN.

Remate final

(Nemesio): “Creo que no lo voy a leer”

viernes, 23 de enero de 2009

ACTA de la 4ª SESIÓN, sobre 'EL ARDOR DE LA SANGRE', de IRENE NÉMIROVSKY


ACTA:
CUARTA SESIÓN


'El ardor de la sangre'
de Irene Némirovsky


Justo en el día de San Obama, nos reunimos los "colectores" del club con la sangre no muy ardiente, pues además de la temperatura faltó combustible alimentario -¡tomemos nota!-, para engrasar una nueva sesión. Echamos de menos a compañeras: Graciela, Albina, Yolanda –que andaba cerca- y Charo, a la que desde aquí mandamos un saludo esperando que esté bien.

Se incorporan a la plática cinco nuevos miembros/as: Antonio, Raúl, Gloria, Ana y Cholo. Bienvenidos/as.

Aspecto animado. Casi ya multitudinario. De seguir así, dentro de poco lleno hasta la bandera Y habrá que poner el cartelito: "No hay entradas". Clarines y timbales. Comienza la sesión.

PRIMER TERCIO: VARAS
La pasión

Bernardino, que esta vez no venía de corregir sino de la "fisio", entró en corto y por derecho, recibió a puerta gayola, y así, a bocajarro y antes de acabarnos de acomodar, arreó: "¿La mujer en la novela es garante o perturbadora del orden social?". En el tendido se hizo el silencio. Pasada la estupefacción inicial, comenzó el debate por ahí. Algunos pensaban que de lo que trata la novela es de la PASIÓN, de ese furor juvenil desmentido y desacreditado luego en la meseta serena de la edad madura. Choni hizo una primera síntesis: "Si es que la cosa es simple, la novela explica lo que es la juventud. Luego se cambia con la edad, el impulso da paso a la reflexión". Y Ana apostilla: "La madurez representa el equilibrio, la verdad que niega lo que algún día se llegó a hacer de acuerdo con otra verdad".

La PASIÓN se presenta como única verdad -apunta Antonio-, el resto es muerte en vida. Así ocurre con Sylvestre, narrador y a la vez personaje muy implicado en la trama, como dice Tomás, "Y el nexo de todo", añade Choni. Loli lo explica muy bien: "¡Si es que este hombre estaba en todos los sitios!". Es decir, no sólo es omnisciente, sino también omnipresente. Pero le resultaba fácil, porque no paraba en casa; de joven viajando por el mundo y luego, siempre, invitado a todas partes.

¡Qué bueno aquí el comentario de Lourdes!: "Es incluso un invitado en su propia vida". Y es que Lourdes nunca se fió de Sylvestre, no como otros contertulios ingenuos que pensaron que era "el único bueno"... Sí, sí, ¡menudo tramposo! -¿verdad, Bernardino?- y además, revanchista y rencoroso, pues desvela el secreto de Hélène. Ana, muy espabilada, desde el principio se olió que tenía algo que ocultar. En resumen, acabaron apareciendo en el club dos sectores: por un lado, los escépticos y avisados (tendido 7) y los ingenuos (grada general). División de opiniones. En fin.

Raúl pronuncia por primera vez una palabra que se repetirá luego mucho: CONTRADICCIÓN. Unas veces la pérdida de la pasión se lamenta; otras, en cambio, se muestra esa ausencia de pasión como la verdadera fuente de felicidad, ¿en qué quedamos? Cristina entonces insiste: "Pero si ya no le gusta ese 'fuego, ¿cómo es que lo echa de menos?" ¡Este Silvestre no se aclara! Contradicción, contradicción y nada más que contradicción. En eso estamos…

Y vuelve Bernardino a encender motores: "¿Y es creíble la relación entre Sylvestre y Hélène?" "¡Qué va!, si ni cuando están solos dejan entrever eso que existió", este es Félix, que remata la faena así, con ese afarolado… ¡y eso que ya no traía muleta!

SEGUNDO TERCIO: BANDERILLAS
(de fuego, naturalmente)

La moral de los sitios ensimismados

Pero se aporta algo más: quizá sólo Silvestre, el más cosmopolita, el más viajado, era quien podía con cierta distancia "chismorrear" -¡qué verbo más bien elegido, Félix!- sobre esta región y sus gentes, tan bien dibujadas en el capítulo del café. Gente maliciosa, pero también interesada, como nos recuerda Tomás. Historias soterradas bajo una apariencia apacible, de cuento, añade Antonio. Bernardino lo resume así: "en las zonas rurales se vive hacia adentro". Apuntala Tomás: "en la lectura es fundamental situarse en esa sociedad cerrada, sitios ensimismados como el mundo rural de nuestros padres, donde todo fluía en aguas subterráneas y había un acuerdo tácito de silencio. Y, desde luego, una menor sanción social, que consentía todo tipo de relaciones, incluso barbaridades".

Cristina afina más y trata de la transgresión social y la importancia de guardar las apariencias, "y de ocultar el pasado", apunta Mª Jesús.

El coro se fue animando con el asunto de la moral. Loli , tajante, dice: "una cosa es la pasión y otra el adulterio; y esto es todo adulterio". Cholo despliega por fin la capa y entra al quite: "Sí, pero adulterio de segunda categoría, ¡con esos maridos! ¡No me fastidiéis!". Cristina matiza:"Ya, pero Colette tiene poca excusa". Ana apuesta de manera distinta: "Es fácil ser moral, si no te encuentras con la pasión". Cristina y Emma piensan que los únicos garantes de la moralidad - léase François, "modelo de rectitud" y Cécile- salen también bastante malparados. "Cécile –dice Emma- siempre sintiéndose rechazada ante su hermana en las fiestas, en los jolgorios…".

De pronto nos centramos en el personaje de Hélène, "mujer práctica -según Cristina- que olvida todo lo que no le viene bien, incluso a su propia hija". Esa crueldad llamó la atención de Mª Jesús. Bernardino despliega de nuevo el trapo y enciende al personal: "Pero de verdad, ¿creéis que amaba a su marido?"

"Hay varias clases de amor, no una sola, y los personajes de la novela parecen experimentarlos en distintas etapas de su vida", dice Ana. También Carmen opina algo similar en torno a eso mismo.

"¿Y Sylvestre? -se oye una voz en la grada- ¿sigue enamorado de ella?" "Claro, responde Antonio, por eso su vida ha perdido sentido".

ÚLTIMO TERCIO
La faena

"Parece que hubiera dos novelas en una: dos épocas, una totalmente buena y otra toda mala", dice Loli. Y hay un sentir general en que esto es así, cambia el ritmo, los acontecimientos se precipitan después de la apacibilidad de la primera parte. ¿Tendrá que ver con la propia redacción de la novela, que parece que pasó por un tratamiento desigual? Y aquí, como bravo espontáneo hasta ahora escondidillo, ataca Manuel: "¿Insinúas que no lo hizo ella? -¡Huy, qué mal pensados...!-. Quizá este cambio de ritmo se deba a eso, a que a la autora no le dio tiempo a revisar y pulir esta parte. En todo caso, dice Tomás, ¡qué bien dosificada está, qué bien controlada para ser tan breve…!"

También Manuel plantea si la autora, Irene Némirovsky, puede identificarse con el personaje de Brigitte, ya que en su biografía real hay datos paralelos: la "ausencia" materna, el principal. Y es cierto… ¡Vaya radiografía que estamos haciendo a la narración!

Sea como fuere, empiezan unos y otros a leer fragmentos, retazos… que vistos a esta luz –o sea, "a toro pasado", expresión más propia de esta redacción- ya dejan caer pistas… "¡Pero si toda la novela está llena de miguitas de pan que nos lo van poniendo fácil!", dicen Raúl, Bernardino, Manolo, Lourdes… Y seguimos encontrando ejemplos –ahora tan evidentes, sí- que certifican lo que nuestros sabuesos colectores ya han detectado (¡Elemental, querido Watson!).

Y como si se desempañara un cristal nublado, vamos viendo cada vez más claro esa duplicación de historias, paralelismo de personajes (Marc como alter ego de Silvestre; Colette y Brigitte, dignas hijas de su madre…).

Hay un fragmento leído en alto por Félix que perturba a la afición. Termina así: ...Ella parecía sorber, beberse mi corazón. Cuando la dejé marchar ya la quería menos. (Este final provocó que se viera flamear algún pañuelo blanco… ¿petición de oreja o congestión nasal?... Dejémoslo ahí). En cualquier caso, una vez leída la obra, ¿qué esconde este potente final? Quizá, como señala Félix, se valora menos a la mujer, una vez conseguida; quizás es sólo un lamento por el amor perdido o...

En todo caso, se aprovecha la reaparición de Silvio, a quien ya la afición tacha de revanchista y rencoroso, para dedicarle una bronca monumental (el decoro impidió que se oyeran pitos), pues sólo se acierta a explicar que nos cuente la intimidad de la perfecta Hélène por puro despecho. He ahí la verdadera faena de la tarde, que desmorona la vida en paz de una sociedad rural.

Hubo más cosas. Seguro. Pero hasta aquí hemos sabido llegar. Con la sangre ardiendo por tanta pasión y tanto engaño matrimonial y literario, nos despedimos, sin saber ya si éramos un club o una cuadrilla, sin nada que llevarnos a la boca y estrenando la nueva dirección de "Los Delfines" donde brindamos por el año recién abierto.. ¿La tapa? Naturalmente, oreja…

Nos emplazamos para el martes 10 de febrero a la misma hora con una nueva lectura: 'En el café de la juventud perdida', de Patrick Modiano... Recurrentes en la nostalgia estamos, es verdad… Y casi huele a naftalina… En fin, que alguien lleve un bandoneón para escupir un tango lacrimoso.

Y CON ESTO Y SIN BIZCOCHO
HASTA FEBRERILLO EL MOCHO.

ESTO ES TODO, AMIGOS


Lourdes, ¿merece esta faena salir por la puerta grande?....

jueves, 8 de enero de 2009

Y con retraso... el ACTA DE LA 3ª REUNIÓN: 'La lámpara de Aladino', de Luis Sepúlveda

TERCERA SESIÓN DE LECTURA
'LA LÁMPARA DE ALADINO', de Luis Sepúlveda

Nos reunimos en el día previsto (martes, 9 de diciembre, ya oscurecido) el equipo lector habitual con dos añadiduras a las que dimos la bienvenida: Loli y unas pastas caseras, compactas y contundentes (tenían manteca pro-colesterol) que Félix había traído de algún lugar del Edén. ¡Gracias!
Ausencias por diversidad de causas: Albina (correcciones de exámenes y posterior neurosis), Charo (embarazo avanzado), Yolanda (sujeta a ventanilla laboral). Todas, pues, justificadas.

Inició la sesión Choni, que ya planteó un sentir común inicial: el libro no había acabado de llenarla a pesar de lo agradable de su lectura; habló del relato Cena con los poetas muertos como el que más le había gustado, por el mensaje moral que encerraba… “y su valor didáctico”, Lourdes dixit.

Loli habló ya de un estilo distintivo sudamericano y con una cierta vena revolucionaria. Félix apostó aún más fuerte: le había encantado el libro: su mundo lleno de imágenes y la galería de personajes (náufragos, fronterizos, apátridas….) así como los lugares y emplazamientos de los relatos (islas, jungla…). Él ve dos vertientes: lo americano y lo europeo, ejes que dan cierta unidad al libro. Destacó ya “Hotel Z”. El propio Félix (“¡Elemental, querido Watson!”) había rastreado las menciones topográficas a las que se alude, que son, en efecto, reales. Insistió en el fiel reflejo de la Patagonia: viento, frío, conchas, yerbas, indígenas patagones… desolación. También el lenguaje deja caer expresiones de allá (“petisa”, “piolar”…).

Cristina rompió una piadosa lanza y destacó el optimismo y la consideración de “buenas personas” que los personajes tenían. Se detuvo más en el personaje de “Historia mínima”.

Tomás ya incide en la carencia de originalidad, sin que ello haya de ser menoscabo, pues todos los cuentos parecen ya leídos, asentados en otras narraciones ajenas, y hasta llegó a hablar de un lenguaje un tanto sobrepasado (puso ejemplo en el primer párrafo del primer cuento).

Lourdes derivó directamente al mundo de las mujeres del relato. “Personajes sin consistencia, espectros”, así los definió. Luego se ratificaría con pormenores esta afirmación de Lourdes.

Manolo destacó el ritmo. Aludió a “Ding dong, ding, dong son las cosas del amor” y leyó un ejemplo descriptivo donde la morosidad estaba muy bien expresada. También aludió a la relación entre el vino y el amor, presente a través de ese mismo relato. Asimismo, destacó “La isla” por su tono poético. Sobre este relato, surgen distintos pareceres sobre el sentido verdadero del amor de la pareja: Cristina confiesa que se sintió molesta ante la actitud del protagonista, que la deja sólo porque ella no acepta someterse al papel de amante convencional. Esta opinión supuso posiciones controvertidas de unos y otros sobre el asunto. Cuando empezó a rozarse el cotilleo vil, hubo un sagaz golpe de timón. Y a otra cosa, mariposa.

Al surgir el tema de la relación de estos relatos y el cine, se habló de la película “Historias mínimas”, de Adolfo Arostaráin como posible referente. Ello llevó a tratar con más detalle la vinculación entre Sepúlveda y el cine (lenguaje, estructura de los relatos, etc.). Fue entonces cuando Bernardino rompió su voto de silencio (“Es que yo vengo de corregir”, adujo) y abundó en que una de las claves de la lectura del libro podría ser precisamente ésta: su talante cinematográfico (planos, contraplanos, zoom…). Bernardino se embaló. “Más que una copia de otros relatos, el libro es una serie de homenajes a otros autores, incluso al mismo Sepúlveda, en la primera historia y en “La reconstrucción de la catedral”, que recuerda a su novela Un viejo que leía novelas de amor. También desvela que acaso hay que saber entender el lenguaje del autor, lleno de deliberados excesos, mezclas, descuidos… Todo oficio.

Item más, roto y bien disipado ya el voto de silencio, Bernardino –paradójicamente— apuesta por el relato más breve (¡esa sí que es un verdadera historia mínima!): “El árbol”. Nos hace ver los valores de un relato que parecía haber pasado inadvertido. Luego Lourdes apostaría por este relato sobre los demás.

Para terminar, entre pasta y pasta, se jugó a defender por cada lector un relato del libro. Resultó que “Hotel Z” obtuvo cuatro votos; “La porfiada llamita de la suerte”, tres. Y con dos votos se rescataron “Historia mínima” y “El árbol”. Era una manera distendida de abordar la traca final.

Terminada la sesión, pareció congruente ir a despedirnos a “Los delfines”. Su dueña, Rosi, es peruana y el local, en efecto, hacer frontera entre dos calles… talmente un lugar en tierra de nadie, como esos relatos recién saboreados.

Y así quedamos citados en el lugar de costumbre para el día 20 de enero con la novela El ardor de la sangre, de Irene Nemirovski. Es deseo de este dúo amanuense miniador el desearos que paséis las navidades de las dos únicas maneras posibles:
Bien o en familia.

Felices días. Y la nieve sigue cayendo, casi asustada y pidiendo excusas, sobre la ciudad…

lunes, 1 de diciembre de 2008

ACTA de la 2ª SESIÓN, sobre 'SOSTIENE PEREIRA', de Antonio Tabucchi



CLUB DE LECTURA "GINER"

2 ª SESIÓN - NOVIEMBRE

Nos hemos vuelto a reunir por segunda vez. Ha sido el 18 de noviembre, de nuevo en la biblioteca del IES Giner de los Ríos, a las 19'30 horas. El otoño está bien entrado ya y todavía ruedan hojas locas por las calles.

Dos noticias importantes: se incorporan cinco miembros más al Club Giner y Carmen lleva una caja de pastas. Ninguna de las dos novedades es desdeñable.

El Club, así, queda constituido por Carmen, Emma, Félix, Choni, Graciela, Manuel, Tomás, Chus, Albina, Lourdes, Bernardino, Yolanda y Charo (y la caja de pastas, mudo testigo siempre tan alerta a lo que decíamos, allí plantada, aún indemne…)

Se habló de la lectura pactada, la novela Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi. Intervenciones múltiples y en todos los sentidos hasta que nos dieron las nueve de la noche. Aquí reproducimos en síntesis lo que dio de sí:

Graciela abrió el fuego haciendo observar el tono entristecido de muchos elementos del libro: el propio personaje, la ciudad de Lisboa, las descripciones… Saudade, saudade… Parece ser que esos datos orientarían decisivamente la lectura.

Pero pronto apareció el asunto de la voz narradora ("¿de dónde viene esa voz que narra, quién es ese que siempre comienza así "Sostiene Pereira…?", sostuvo Félix. Se opinó de todo. Hubo incluso quien pensaba que Sostiene era el nombre propio de Pereira (risas de todos).

Se estuvo en principio de acuerdo en que quedaban cosas colgando, sin determinar, lo que hacía perder verismo a la narración. Hasta que Bernardino hizo reparar en el epílogo que Tabucchi añade, y que resolvería el detonante de la gestación de la novela: una experiencia personal que el autor no olvidó. Añadamos a eso el subtítulo de la propia novela (Una declaración) como explicación de esa forma de contar en diferido. El asunto dio para bastantes intervenciones.

Sostiene Bernardino que la novela es abierta desde el momento en que aparecen tantos autores como pretextos (Maiakovski, Daudet, Balzac, Pessoa…) Eso parece querer arrastrar al lector a otras escrituras. Él lo demuestra y trae el relato de Daudet que Pereira reseña en su periódico. Lo lee. El final ("Viva Francia") está en conexión –sugiere Tomás- con la resolución del protagonista de huir a ese país.

Los personajes de la novela. Graciela reparó en Cardoso, que le parece el verdadero motor del cambio de actitud de Pereira. Para ella, el más interesante. Carmen planteará que quien le parece jugar ese papel en la sombra es Marta, la verdadera activista. Monteiro en cambio es –sostienen Chus, Bernardino, Emma- un hombre sin demasiada personalidad: un "chapuzas", como su primo Rossi, rematará Bernardino. "Un cantamañanas", apostilla y sostiene Félix.

Sostiene Manuel que es interesante observar de continuo esa doble visión de la realidad en un régimen opresor como era Portugal en 1938. El periodista se entera de lo que ocurre más por los personajes (camarero, señora del tren…) que por cauces más oficiales. Todos convinimos en que eso era natural. Bernardino sostiene que es lo típico de cualquier dictadura: el alienamiento individual, la pérdida de identidad, etc.

Tomás sostiene esta otra observación: Pereira necesita "confesores" con que desahogarse para pedir consejo… Primero, el retrato de su mujer (o sea, un muerto); luego, un cura, el P. António; por último, el médico Cardoso, que le pide que "frecuente el futuro". He ahí la evolución del personaje de Tabucchi.

Hubo otros aspectos sobre los que planteamos más o menos opiniones personales. Charo y Yolanda merodean en torno a la actitud de Pereira antes del desencadenante de la acción: ¿Qué impele a actuar a Pereira? ¿Por qué antes no? ¿No se enteraba de lo que estaba pasando? ¿Le daba igual? ¿Era cobardía? ¿Conformidad? Se plantea una discusión sostenida [sic] sobre el asunto.

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En torno a las nueve de la noche se levanta la sesión (y, por fin, la tapa de la caja de las pastas) no sin antes acordar buscar un libro que no esté en el contexto de las dos lecturas hasta ahora tratadas (El lector y Sostiene Pereira). Estuvimos de acuerdo de inmediato en postergar la lectura prevista (El hijo del acordeonista, de B. Atxaga). Tras barajar títulos –siempre narraciones-, Graciela propuso como lectura para el 9 de diciembre un libro reciente: La lámpara de Aladino, de Luis Sepúlveda. Aceptado todo por unanimidad, con un sí colectivo sulfatado por miguitas de pastas a diestro y siniestro… Y ese fue el colofón. Luego, el vino en el bar cercano de Rosi (no, no de Monteiro Rossi).

Hasta el día 9 de diciembre, compañeros lectores /-as del Club Giner.

martes, 4 de noviembre de 2008

INAUGURATIO: ACTA de la 1ª SESIÓN


CLUB DE LECTURA GINER
INAUGURATIO

Inicia su andadura el Club de lectura “Giner”

El martes, 28 de octubre de 2008 —curiosamente regidos y auspiciados por los números 2 y 8— comenzamos nuestra ¿aventura?.

Nos reunimos 8 personas —otra vez el 8—, cinco vinculadas al Centro: Tomás, Graciela, Cristina, Mª Jesús y Carmen y otras 3 ajenas a él: Emma, Chony y Bernardino.

  • Se hace una breve exposición sobre nuestros intereses y objetivos, que son muy simples: encontrarse periódicamente para charlar sobre un libro seleccionado y leído previamente. Ni más, ni tampoco menos.
  • El hecho de que las reuniones se realicen en el IES Giner de los Ríos no significa que la actividad esté circunscrita al Centro. Al contrario, el club tiene una vocación abierta y están invitados cuantos lectores quieran acudir.
  • Para facilitar la comunicación y la difusión de nuestras actividades se ha creado una cuenta de correo, clubginer@gmail.com y un blog, clubginer.blogspot.com.
  • El libro que se había seleccionado para iniciar este proyecto es El lector de Bernhard Schlink.
  • Pensábamos que esta primera reunión iba a ser una mera toma de contacto, pero como todos habíamos leído el libro excepto una persona, pasamos directamente al ataque y.... en amena charla comentamos muchas cosas sobre el libro y es que... tiene mucha miga.

¿Qué dijimos?

1.- ¿Fue una buena elección?
  • Sí por unanimidad. Es un libro que engancha, no es difícil de leer, es sintético, no tiene paja, sorprende porque da muchos giros narrativos y, aunque según algunos, es lento al inicio, incluso anodino, luego sorprende con una profundidad inesperada.
  • Aunque es breve y aparentemente fácil, es un libro seguramente de gestación larga y muy meditado.

2.- ¿Qué hemos visto en él?

La relación ¿amorosa?

“… una seducción que no emanaba de los pechos, las piernas y las nalgas, sino que era una invitación a olvidar el mundo dentro del cuerpo”
  • La mujer (deseada, amada) como espejo en que se refleja el hombre y en el que vuelca sus inquietudes.
  • Una relación que casi anula todas las demás vivencias y sobre todo a las demás mujeres.
  • Es una vez más el tópico de la iniciación sexual de un adolescente con una mujer madura, frecuente en el cine, sobre todo italiano.
  • En cualquier caso, ¿resulta verosímil al lector?
  • Una relación desigual, una relación de poder y sometimiento, un ancla ante una vida muy limitada.
  • ¿Realmente había enamoramiento?
  • Tres etapas en la vida de un hombre: adolescencia, juventud y madurez y cómo están marcadas por una relación ¿sentimental?, ¿amorosa?, ¿simplemente sexual?
“ Los estratos de nuestra vida reposan tan juntos los unos de los otros que en lo actual siempre advertimos la presencia de lo antiguo y no como algo desechado y acabado, sino presente y vívido.”

La vergüenza ...

“ Luchaba siempre y había luchado siempre, no para demostrar a los demás de lo que era capaz, sino para ocultarles de qué no era capaz”

... y la culpa

“...Y si no era culpable por traicionar a una criminal, sí lo era por haber amado a una criminal”
  • ¿Puede más la vergüenza personal que la enorme culpa histórica?
  • ¿Hay culpa en amar al culpable?
  • Sólo es verdugo el que se ve en la coyuntura de serlo, y los que los juzgamos, en la misma coyuntura, ¿habríamos sido también verdugos?
“A ver ¿Qué habría hecho usted en mi lugar?”
  • Los alemanes juzgaron a sus criminales y así se limpió de culpa toda una generación y también las siguientes.
  • Se contrapone el caso alemán al español, donde no ha habido esa depuración.
  • La indiferencia —¿anestesia?— del verdugo ante el horror.
Los personajes

  • Salvo el protagonista y Hanna, son anecdóticos.
  • Tibieza de un padre intelectual distante al que sólo acude como profesional de la filosofía.
  • Las otras mujeres se despachan en pocas líneas, incluso su hija y su madre.
Hanna
  • Impregna todo con su olor y su historia.
  • Extrañas e inexplicables reacciones: en el tranvía, por ejemplo.
  • ¿Tenía una vida aparte de su relación con el protagonista? En todo caso, muy limitada por su analfabetismo.
  • Establece siempre relaciones con seres jóvenes y débiles.
  • ¿Por qué se abandona en la cárcel? Se plantean dos hipótesis:
a.- pese a su esfuerzo, no recibe las cartas que esperaba de él.
b.- saber leer la conduce a libros sobre campos de concentración y se vuelve consciente de la magnitud de su culpa.
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Comentamos todos estos aspectos, otros muchos flotaron en el aire o se quedaron en el tintero de nuestros pensamientos sin aflorar.

Muchas preguntas y muchos dilemas morales plantea esta novela tan sencilla a simple vista. Quizá resurjan en nuestra próxima reunión, cuando Graciela —y quizá algún otro lector que no haya podido acudir a este primer encuentro— nos exponga su visión.

  • El próximo encuentro será el martes, 18 de noviembre a las 19.30 horas con un nuevo libro: Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi.
  • Y si queréis ir adelantando tarea, el martes, 9 de diciembre charlaremos sobre El hijo del acordeonista de Bernardo Atxaga.
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Un saludo a los participantes
y a los lectores desconocidos .... os esperamos en la próxima reunión, ¡animaos!

Si queréis poneros en contacto con nosotros, os recordamos nuestra dirección de correo electrónico clubginer@gmail.com

Y vuestros comentarios serán bienvenidos en nuestro blog clubginer.blogspot.com